Pasamos dentro de un edificio la mayor parte del día, y el aire que se respira ahí casi nunca se parece al de la calle. No es solo cuestión de olor: en un espacio cerrado se acumula lo que entra de fuera, lo que emiten los materiales y lo que exhalan las personas. Medirlo es fácil; interpretarlo, algo menos.
El CO2 no es el problema, es el chivato
El dióxido de carbono que miden los aparatos de sobremesa no es tóxico en las concentraciones de una oficina. Lo que indica es cuánto aire exhalado hay en la sala sin renovar, y por eso sirve como indicador indirecto de la ventilación: si el CO2 sube, el aire de esa sala se está reciclando entre los que están dentro.
Al aire libre se está entre 400 y 450 ppm. Dentro, la referencia que se usa en la práctica para decir que la ventilación va bien es mantenerse por debajo de unas 800 ppm, y a partir de 1.000 conviene revisar el caudal o abrir. Un medidor de CO2 cuesta poco y responde a una pregunta concreta: ¿entra aire nuevo en esta sala? No responde a ninguna otra.
Las partículas: lo que de verdad se respira
Las partículas en suspensión se clasifican por tamaño. Las PM10 se quedan en la vía alta; las PM2,5 llegan al alvéolo, y son las que se relacionan con problemas respiratorios y cardiovasculares. La Organización Mundial de la Salud revisó sus directrices en 2021 y las dejó bastante más exigentes que las anteriores: 5 µg/m³ de media anual para PM2,5 y 15 µg/m³ en 24 horas; 15 y 45 µg/m³ para PM10.
Son valores de referencia sanitaria, no límites legales de inmisión, y conviene no confundirlos. Sirven para saber si el aire de un sitio es bueno, no para sancionar a nadie.
Compuestos volátiles, humedad y temperatura
Los compuestos orgánicos volátiles salen de barnices, adhesivos, mobiliario nuevo, ambientadores y productos de limpieza. Son la causa habitual del «olor a nuevo» de una reforma reciente y de buena parte de las quejas de picor de ojos y garganta las primeras semanas.
La humedad relativa tiene su propia ventana: por debajo del 30 % resecan las mucosas y el polvo vuela más; por encima del 60 % aparecen condensaciones y, con ellas, moho. Y la temperatura no es solo confort: condiciona la percepción de todo lo demás.
Cuando el problema no está en el aire, sino en el conducto
Un medidor dice que hay un problema, no dónde está. En muchos edificios el aire llega mal porque la red de distribución lleva años acumulando polvo, o porque una rejilla está obstruida, o porque el caudal no es el que se calculó cuando se hizo la instalación.
Aquí hay una confusión frecuente que conviene deshacer. El RITE obliga a revisar la red de conductos —Real Decreto 1027/2007, IT 3, tabla 3.3, operación 37, con periodicidad anual en instalaciones de más de 70 kW—, y esa revisión se hace según el criterio de la norma UNE 100012. Lo que no existe es un plazo legal de limpieza: no hay ninguna norma que diga «los conductos se limpian cada X años». Se limpian cuando la revisión indica que hace falta.
Quien le venda una limpieza de conductos «porque toca por ley» le está vendiendo mal. Lo correcto es revisar, ver el estado real por dentro y decidir con esa información. Es lo que explicamos en limpieza de conductos.
Por dónde empezar
- Mida antes de comprar nada. Un medidor de CO2 durante una semana laboral dice más que cualquier presupuesto.
- Ventile con criterio. Cortos y cruzados funciona mejor que una ventana entreabierta todo el día.
- Revise la instalación si hay climatización. El filtro sucio y el conducto sucio no se ven desde la sala.
- Filtre solo donde no puede ventilar. Un purificador con filtro HEPA tiene sentido en una sala interior sin ventana; no sustituye a renovar el aire.
Si quiere una medición con informe y no una impresión, en calidad del aire interior está el procedimiento que seguimos y lo que se entrega al terminar.